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Una lágrima para Segismundo

2017-12-19 | Joselo Montes | cuento

Segismundo González fue un hombre verdaderamente peculiar en nuestro pueblo. La única mermelada que probó en toda su vida fue la de fresa, fue el único que metió licitación para que la torta de cajeta fuera patrimonio cultural de la humanidad y compraba cada domingo 5 litros de jugo de naranja porque le gustaba desayunar vodka los lunes.


A pesar de su andar tan cotidiano y su vida privada tan peculiar, Segismundo estaba lleno de padecimientos. Sufría lo que el mismísimo Ricardo Piglia denominó como “narcolepsia literaria”, se quedaba dormido cuando no le gustaba la conversación que estaba teniendo con su interlocutor. Le pasaba muy seguido.


Segismundo tenía una enfermedad muy rara que le prohibía llorar. Sus fluidos eran regulados por termostatos y sensores hidráulicos corporales. Su agua corporal total (ACT, o en sus siglas anglosajonas TBW de Total Body Water) estaba por los suelos. Es un cálculo muy sencillo. Habitualmente se emplea el índice de 0.60 para que, multiplicándolo por el peso, obtengas este parámetro. Su ACT tenía que estar regulado porque era la base para otras determinaciones que afectaban sus iones extracelulares, fundamentalmente en las hiper o hiponatremias. Por esta razón no podía gastar una lágrima, su cuerpo las necesitaba todas.


Era el último San Josesino de linaje real. Fue uno de los 7 fundadores de la ciudad, que en un inicio había sido pensada sólo como un pueblo de paso entre el estado y la capital. Una especie de parada obligada si querías ir al centro del país. Segismundo, aunque firmó el acta constitutiva y se la llevó al mismísimo Carranza para que diera fe y legalidad de la fundación, siempre quiso que San José fuera algo más que un simple pueblo de paso. Hoy en día la vejez lo ha arropado y sus vicios ya tienen los suficientes callos y colmillos, como para eclipsar por completo su espíritu creador y revolucionario. Deambula de un lugar a otro, incómodo por el tiempo vacío, hace compras en el mercado, barre su banqueta por las mañanas para justificar su tiempo libre. Era bebedor social, pero cuando estaba muy borracho en su casa, se encueraba y mentalmente le hacía el amor a Sofía Arellano. Guardaba celosamente los domingos porque era el único día que pasaba el cartero por su calle. Cada semana se ponía a escribirle cartas y cartas donde le confesaba, sin caer por la escalera de la cursilería, el amor que sentía por ella.

Escribía toda la mañana con Autumn in New York de Chet Baker de fondo; le gustaba el jazz, empezó para hacerse el intelectual la verdad, pero luego sí le agarró un gusto serio, pero serio como para mencionar a no más de 7 jazzistas, Chet Baker, John Coltrane, Lois Armstrong, Miles Davis, Charlie Parker, Thelonious Monk, y Nina Simone. Su favorita era una de Charlie Parker - Lover Man, la ponía todos los domingos mientras escribía en sus hojas de opalina ahuesadas de 1 gramo.

Sobra decirlo, pero jamás se casó. Esperó hasta el último aliento alguna respuesta de sus cartas. Jamás fue correspondido. Se fue convirtiendo poco a poco en un museo del deterioro.


Dicen, entre callejones y chismes en las esquinas, que un día después de escribirle una carta a Sofía, por fin le brotó una lágrima mientras cerraba el sobre con su lengua toda seca y vieja. De inmediato se puso en posición fetal, como le recomendó su médico de cabecera, pero su agua corporal total (ACT, o en sus siglas anglosajonas TBW de Total Body Water) tuvo un desajuste irreversible. Murió tirado entre sus crucigramas sin resolver y unas botellas de ginebra a medio abrir. No sufrió, eso sí lo digo con seguridad. Se fue apagando poco a poquito, como la última canción en una cantina.


Jamás le contestaron una sola de sus cartas. Nadie se explica porqué a pesar de eso le escribió durante tantísimos años. Un amor deshidratado si quieren, pero real y vivo. Siempre vivió con esa esperanza embriagadora de que en algún momento iba a ser correspondido. Creo que lo dicen del amor es verdad y sí, en algún momento todos logramos escuchar los pasos del que nunca llega.