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relato

Rebelión en contra de la decencia y las buenas costumbres

2018-03-15 | Francisco Urrutia | relato

No es novedad, aunque sí motivo de constantes burlas y una pronosticable serie de preguntas, el hecho de que no me guste el jabón. Así es, ni en barra, ni líquido, ni su espuma, ni las cremas, los geles, las ceras y desodorantes en barra. No me gusta la pasta de dientes, no me gusta el olor de la pasta de dientes mezclado con desodorante recién aplicado. Aborrezco ese olorcillo que tiene el cabello mojado recién lavado. Me desespera el olor a spray y talco, casi tanto como el aspecto brillante y relamido de las cabezas meticulosamente arregladas. No recuerdo cuándo, cómo ni porqué empezó.

Lo que si recuerdo es a mi mamá gritando porque su pedacito de la creación se limpió el gel que (con tanto trabajo y después de tantos berrinches y pataleos) se había dejado poner, nada más y nada menos que en las cortinas de la sala. Recuerdo ponerme tieso cuando veía las manos abrillantadas de esa cosa que no es líquido ni sólido acercarse a mi cabeza. Recuerdo mi mandíbula apretada al sentirlo acampar en mi cabeza, en dejarme la melena hecha un pegoste de rectitud, de forma, de decencia y pulcritud.

 

Recuerdo en la secundaria, cuando regresábamos al salón después de haber hecho ejercicio, como el espacio se volvía un hervidero de aromas, intentando en vano camuflar el hecho de que estábamos creciendo, que teníamos hormonas que nos hacían sentir, que por primera vez en nuestras vidas, éramos vulnerables en nuestros propios cuerpos, que éramos presos de nuestro propio cambio, de nuestras inseguridades. Recuerdo muchas de mis citas, en las que llegabas con esa mezcla de loción y aliento de colgate que a mí, lejos de hacerme un hombre feliz por tu gran higiene y respeto a mi persona, me hacía rechinar los dientes de desesperación. 


No sé, ahora que me permito vagar en el asunto, siempre he tenido un problema con la idea de tener que pretender ser algo que se escapa a nuestra naturaleza, que tengamos que ser este maniquí de exhibición donde ni los cabellos fuera de lugar, ni el aliento a la comida de las 3, y dios no lo permita, el olor a un ser humano que tiene dos axilas, delate nuestra terrible condición de mortales. 


Siempre he tenido un problema con la presuntuosidad de la gente de la que puedes percibir su desesperado intento por ser inmaculado desde sesenta pasos antes que se pose sobre la vista de uno. De los que creen que estar listo para conocer a alguien es tener la boca con olor a menta, y el cabello brilloso como puerco enmantecado, antes de saber que estás a punto de jugar a poner el cerebro y el corazón en manos de alguien más por unas horas. Me parece ridículo el hecho de querer tener control sobre algo tan bello y rebelde como lo es el cabello, y me parece verdaderamente nefasto ver como ese intento fracasa cuando llega el sol, el calor y la humanidad a convertir en la frente y las orejas del susodicho en un río de una mezcla pegajosa de pretensión, gel y sudor, que raya en lo ofensivo. Por eso, y sin ánimo de incitar a una rebelión en contra de la decencia y las buenas costumbres, espero poder ver el color de esos ojos que escondes tras tus trabajadas arrugas, antes de saber cuánto tiempo y el número de productos que le pones a tu cráneo. 


Espero poder besarte con el sabor a las chelas, a las ideas que compartimos, a las sandeces que se te escapan a veces, antes de que los tapes y los escondas con el cepillo. Espero poder oler que te apuraste para venir hasta aquí, y que fue más importante pasar el tiempo conmigo, que (dios no lo quiera) el riesgo de que tu cuidado atuendo se manche con tu sucia humanidad. Me gustaría imaginar que puedo hacerte piojito cómo y cuándo me de la gana, sin que mis dedos se atoren en tu frivolidad, en tus ganas de querer ser más bello, al tapar esas greñas que te hacen tan interesante. Por sobre todas las cosas, espero que entiendas que ni por un segundo voy a tratar de embarrarme una vida que no es la mía. Que yo soy yo y mis olores, y que a mi, el pelo me gusta libre, como la vida.