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cuento

Primavera de 1989

2017-12-19 | Joselo Montes | cuento

Toda mi vida dependía de ese momento, de la destreza en mi brazo derecho y la velocidad motriz de toda mi mano para colorear en chinga esas aves que siempre he admirado por su prudencia y elegancia para gestionarse una vida nocturna tan exitosa.

Estaba sentado en medio del salón y junto a mí, nada más y nada menos que la reina de la primavera Antonio Caso de 1989, Martita Tejada, sentada dibujando unos búhos. Llevaba toda la mañana ideando un plan para declararle mi amor en frente de todo el pinche Kinder Antonio Caso. Por tal motivo los pinches búhos no me salían bien coloreados, pero la maestra Jacqueline, dominada por las fuerzas dictadoras del mismísimo Stalin, me dijo que hasta que no terminara de colorear esos búhos, no podía salir al recreo. 

Sonó el timbre que alegremente tocó José Miguel, el pinche guapito del salón. Por disposición oficial, no sé si de la SEP o de la autonomía del Pre-escolar, sólo el que tenía 10 sellos de abejita en su cuaderno era ungido por la maestra para poder salir, cruzar todo el patio corriendo hasta llegar al cuarto de mantenimiento, y tocar la chicharra del recreo. Jamás tuve el privilegio. 
Marta se puso de pie y se encaminó gustosa mientras balbuceaba cosas entre risitas y gritos de emoción. Estaba destinado al fracaso. Pasó frente a mis ojos; me quise poner de pie, quise gritarle que me esperara, que ya mero terminaba de colorear, que por favor aguardara tantito; sentí una impotencia por no poder gritarle que me gustaba, a pesar de que tenía todas las ganas de hacerlo. Me quedé todo ese recreo coloreando desganado, mientras alcanzaba a escuchar todas las carcajadas y los gritos de felicidad que existían del otro lado del salón.

Marta era seria, apasionada y nunca sonreía, quizá porque conocía el futuro. Fue el recreo más largo que he vivido. En ese momento me di cuenta que jamás iba a estar a la altura de mi coraje. Que si no podía colorear unos pinches e insignificantes buhitos para ir a decirle a martita que sí me parecía justo que fuera ella la reina de la primavera y que estaba dispuesto a defender mi postura frente a la comisión pertinente del Senado, menos iba a poder enfrentarme a la vida en general.
Cuando todos regresaron del descanso, vi a Marta entrar de la mano de Víctor, y ahí, estupefacto sentí el primer arrebato amoroso (de muchos que vendrían después) de mi vida. Por primera vez maldije mi puta suerte. En ese momento supe que quizá iba a llegar tarde a todos los lugares de mi vida. Estaba destinado a la decepción y al descalabro.

Jamás terminé de colorear esos búhos. Ya no los admiro tanto. Una semana después, contemplé el desfile de la primavera desde mi ventana, mientras veía a la Reina pasar frente a mi casa, subida en un carro alegórico que simulaba una triste selva ambulante, con Víctor a su lado, dándome la bienvenida a aquella primavera de 1989 donde conocí, a mis 3 años, un dolor que me dejaría marcado como res en el establo de las relaciones emocionales.