Cualquier cosa que creas que pueda sumarnos,

¡DÍNOSLA!

Déjanos tu mensaje, lo contestaremos cuanto antes :)


joselo@proyectosubmarino.com

+52 1 442 330 4138

SUSCRIPCIÓN BOLETÍN

ESTÁS A UN PASO DE ABORDAR EL SUBMARINO

relato

Pinar

2018-03-15 | Rubén Cantor Pérez | relato

–¿Cómo harían para regresarle a alguien las ganas de vivir? –preguntó el profesor Apolinar a sus estudiantes, quienes después de voltearse a ver callaron.

El primer día de clases les encargó plantar una docena de pinos por alumno. Nadie contradijo al maestro. Acabada la actividad les pidió un aplauso por la madre tierra.

Ha sido docente de cuarto de primaria toda su vida. Salido de la universidad solicitó una plaza y le asignaron este pueblito remoto. Era feliz aquí. Sin embargo su esposa nunca lo fue.
Apolinar trató de paliar la tristeza de su amada con un perro. Luego con un gato. Luego con otro gato. Lo raro es que no haya pensado en un hijo. De esa forma, en la pequeña casa vivieron la esposa, Apolinar, el perro y los dos gatos.


–¿Cómo están sus animales, profesor? –preguntó un alumno.
–Bien platicadores. 
–Pero si los animales no hablan.
–Claro que sí. Tienen cuerdas vocales. Usted tiene cuerdas vocales y habla. 
Los niños conocían tan bien al profesor Apolinar que sabían cómo reírse de él sin que se diera cuenta.
–Se ríen conmigo –pensaba él.
Llegaba a su casa, dejaba su bicicleta aparcada en un árbol y gritaba al entrar:
–¡Ya llegué, familia querida!
Los animales le respondían. La esposa no.
Ella era traductora. Sacrificó una carrera actoral por Apolinar. En un inicio creyó que el cambio sería positivo. Podría leer y escribir el día entero y recorrer el bosque cuando se le diera la gana. Pero el aislamiento la acabó.
–Me quiero morir, Apolinar.
–No me hagas esas bromas, amor. No me hagas esas bromas.
–Lo digo en serio. Quiero morirme.
Apolinar no supo cómo continuar esa conversación y se salió de la casa. Pedaleó una hora y media y se tiró al río. Tocó el fondo con sus dedos y salió a tomar aire. Al volver, ya seco, se echó a dormir.


–Hoy vamos a construir una cisterna de ferrocemento. Es urgente aprovechar el agua de lluvia. El mundo se está acabando y nosotros sólo lo vemos apagarse. El pájaro dodo murió en una isla a manos de unos salvajes y la humanidad qué hizo al respecto. Nada. Ustedes ya empezaron a hacer algo desde el momento en que plantaron los pinos. ¿Se sintió bien, verdad? –asintieron algunos–. El paso siguiente es la cisterna de ferrocemento.

–¿Y después de eso qué sigue, profesor?
–Ya verán. Ya verán.
Con sus manos resecas abrió la puerta y gritó:
–¡Ya llegué, familia querida!

Los animales le contaron que la esposa había salido al bosque desde temprano. Aún no regresaba y Apolinar se paralizó. Al reponerse pedaleó. Recorrió la entrada del bosque y paró aliviado. 

–¿Qué haces, amor?
–Nada. Estaba caminando.
–¿Por qué no te pusiste tenis? Tus pies están llenos de sangre.
–No pasa nada. Me lavo y ya.
–Vámonos a la casa. Te voy a curar.

Apolinar la limpió con agua oxigenada y los animales le lamieron las heridas. Ella no se quejó, no le dolía. Él le pidió que se regresaran a la ciudad.

–¿Otra vez con lo mismo, Apolinar? Ya te dije que no importa dónde esté, siempre me sentiré así.
Un gato al querer hablar fue callado por el perro. No era el momento para intervenir.


–Esta clase hablaremos de Carlos Castaneda. 
–¿Otra vez, profesor? Ya chole con Juan Matus.
–Ya chole nada. Pongan atención mejor. Se dice que él no escribía bien su apellido porque su máquina de escribir no tenía la letra ñ, por eso lo conocemos como Carlos Castaneda. Ese dato, a manera de introducción, nos da pie a una práctica que he estado queriendo hacer con ustedes desde hace tiempo. Creo que ya están preparados. Les pasaré una planta medicinal y tendrán que masticarla. No se la coman, únicamente mastiquen. Si les da sed aquí tengo un garrafón. Espero que disfruten la actividad. Yo tomaré nota de lo que vea y estaré cuidándolos. No se desesperen.


Durante el viaje alucinógeno el profesor Apolinar sacó algunas respuestas valiosas para su interés personal.
–¿Hay vida después de la muerte?
–Sí la hay. Pasamos de lo orgánico a lo inorgánico. Siempre llenos de luz.
–Muy bien. ¿Cómo puedo evitar un suicidio?
–El suicidio no existe. La muerte no existe. La muerte es una invención humana.
–Interesante. Ya por último, ¿cómo puedo evitar que el perro se orine en mi sillón?
–El agua es luz. El agua llena de luz a los objetos y a los seres orgánicos.
–Sí, eso ya lo sé, ¿pero cómo le hago para que no se llene de luz el sillón?
–Un plástico o un buen madrazo.

Lamentablemente Apolinar no pudo evitar el suicidio. La esposa se ahogó en el río. Se amarró a los pies una cuerda que conectaba con dos grandes piedras. Los animales lloraron y trataron de consolarlo. Los alumnos hicieron lo mismo. En medio de su desconsuelo una idea siniestra se le metió en la cabeza. Tentó crear una secta suicida con sus alumnos para agarrar valor y acompañarla. Se arrepintió al momento y la desechó.


El perro y los gatos fueron testigos de un par de intentos individuales de suicidio. Por suerte supieron hacerlo recapacitar y al final él tuvo que enterrar a cada uno de ellos. El perro y los gatos murieron de viejos.
Los alumnos crecieron y el profesor Apolinar llegó a viejo. Está a unos días de fallecer y por ello quiso venir a despedirse de su esposa y de los animales.


El pinar detrás de la escuela primaria es hermoso. Compite con el bosque. En el centro del pinar hay cuatro cruces. La quinta aparecerá pasado mañana.