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Las chicas almodóvar

2018-03-15 | Joselo Montes | relato

Julia y Carolina nunca se ponen de acuerdo en nada. A una le gusta la playa, a otra el clima boscoso. A una le gusta Almodóvar, la otra piensa que ya no ha sacado nada que valga la pena ver. A una le gusta más Valencia y a la otra Madrid. Nunca se ponen de acuerdo en nada, pero tienen un hilo invisible que las une. Una amistad que surgió quizás de la orfandad de saberse solas en un monstruo de ciudad como la capital.

A Julia le gusta ver la ciudad de México desde la parte trasera de los coches. Le gusta perder la mirada en toda la jungla urbana, se imagina la vida de todas las personas que se cruzan en su camino. Se pregunta si son felices. Están en un semáforo. Carolina mira su celular. No le llama para nada la atención lo que hay afuera. Detesta el tráfico y los silencios con personas extrañas. Sólo sube a los elevadores si están vacíos. Es más práctica y mucho más independiente que Julia, si por ella fuera, ya estuviera viviendo sola. Pero se preocupa por Julia, muy en el fondo, quizá más de lo que esté dispuesta a admitir. 


La habitación de Julia huele a su Channel no. 5, el vestido de la noche anterior está desparramado por el piso, señalando la gran fatiga que tuvo de quitárselo propiamente. Varios tacones impares acampan bajo su cama. Sobre la puerta del armario está colgado orgullosamente un póster de Almodóvar, como si todos fuéramos barcos y ella llevara esta imagen como bandera de almirante cinéfila. Julia se mira al espejo. Se arregla por décima vez su vestido, se pone de perfil, se observa. Es dueña de un par de piernas dignas de exhibición permanente en el Museo del Jamón de Madrid. Se contempla por última vez antes de irse a la fiesta esa con Carolina.


Ninguna de las dos quiere ir. No les apetece en absoluto reírse de las pendejadas que dicen los amigos de Jorge Luis, el anfitrión. Pero es eso, o quedarse a zappear el netflix y mirar el celular en la sala de su casa. Julia sube al coche y de inmediato pierde su mirada en las luces neones de la ciudad. ¿A qué vino a México? se pregunta. Amenaza a todo el mundo con ser verdaderamente feliz algún día. Ella sola. Sin depender de nadie. Sí, a eso vine, se lo dice como un mantra mientras atraviesan la ciudad. Carolina está en su celular, le avisa a Jorge Luis que ya van en camino. Que preparen las drogas, lo dice de broma, pero no le molestaría en lo absoluto estar intoxicada en ese lugar. No ha dormido en varios días. Lo atribuye a la luna, o a su signo ascendente. Está confundida, eso no fue lo que leyó en el blog de Mia Astral. Piensa llamar a Pedro en la madrugada, quiere dormir con el cálido y aliviador calor humano de esa extraña y patológica relación que atesora con él. 


¡Las chicas Almodóvar llegaron! —Se escuchó a un pendejo gritar por ahí. Ellas sólo sonrieron y saludaron a todos con esa clásica sonrisa decente y llena de indiferencia que les salía tan bien. 


Julia ve llegar a alguien que llama su atención. Piensa que tal vez podría pararse y tomar un trago con él, emborracharse y contarse sus vidas, tocarse distraídamente las manos y las rodillas entre risas y miradas cachondas, mirarse a los ojos unos momentos más de lo socialmente establecido y besarse y coger apuradamente en algún rincón de la fiesta, enamorarse y viajar juntos, quizás llevarlo a Valencia a que su madre lo conozca y le apruebe uno por fin, dormir desnuda a su lado y finalmente tener todo aquello que se quiere cuando uno sueña con el amor inesperado y aventurero. No, mejor que venga él si le apetece, piensa mientras cruza la pierna y se repasa el cabello por su oreja. 


Carolina está en el baño con un disque fotógrafo documental de una página francesa impronunciable. Se están metiendo cocaína. Quesque muy fina según esto, le dice el fotógrafo documental. Carolina no recuerda ni su nombre. Promete que lo seguirá en sus redes sociales. Con esté último jalón no dormirá en días, lo sabe, pero ya no le importa.


Estoy hasta mi pinche madre, piensa Carolina mientras baila en la sala del depa de Jorge Luis. La noche va bien, el fotógrafo documental le empieza a contar de un curso de sommelier que tomó en el sur de España en aquel verano que paso allá trabajando para grupo PRISA. Joder tío, PRISA mola, decía Carolina aceleradísima. PRISA era un grupo empresarial dueño de prácticamente todos los medios impresos y televisivos de España, el periódico El País entre uno de los miles de medios de comunicación que    poseía el grupo. Curiosamente el creador y dueño el grupo fue José Ortega Spotorno, hijo del filósofo español Ortega y Gasset, pero esa es otra historia. El fotógrafo documental no quería irse sin follar de esa fiesta. Carolina estaba lejos de querer follar con ese drogadicto. Porque al final, el fotógrafo documental sí resultó ser un drogadicto recluido en algún anexo de Izcalli, pero esa también es otra historia. 


El fotógrafo documental le contaba de los vinos y de que tenía una cava y esas cosas que se dicen para impresionar a las extranjeras. Tú dices “tomé un curso para ser sommelier” pero todos escuchamos “estoy dispuesto a hacer lo que sea con tal de follar”. Le dice Carolina aceleradísima justo cuando termina una canción. Toda la fiesta se parte de risa. 


Julia, en cambio, sí quería follar. Necesitaba ese pequeño momento de completa soltura que se tiene cuando alcanzas un orgasmo. Quería hacerse experta en soltar, y quería soltarse la ropa interior, como iniciación. Y luego... el paraíso.


La fiesta fue un éxito. Las dos están montadas en un taxi. Por primera vez Carolina se deja embrujar por la hipnosis citadina de nuestra pinche capital. Las dos sonríen. Cada una hacia su ventana. Son las 6 de la mañana. Está saliendo el sol. Tal vez lo que dijo Milena Busquets era cierto, y los amaneceres, como muchas otras cosas, sólo adquieran su pleno sentido de triunfo y redención en silenciosa compañía. Yo creo que precisamente ése el hilo invisible que las une, la silenciosa compañía que se hacen. Ahora duermen, las chicas Almodóvar.