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cuento

Laberintos

2017-12-19 | Yudi Martínez | cuento

Bajo la escaleras ansioso. Desde aquella terrible enfermedad no había pisado la calle, 22 escalones viejos y descoloridos se quedan atrás.

 Para mi suerte, la puerta de los condominios está abierta. Salgo, camino sobre la avenida para llegar al circuito Ámsterdam. Una cerveza estaría increíble, algo de comer es lo que en realidad busco, pero un poco de chela me caería bien.
Antes de salir, Ángela me regañó, nos peleamos, al parecer algo le disgusta de mi actitud. No me importa, la perra puede quedarse con el departamento, prometo no regresar. Si tan solo pudiera encontrar una taquería para calmar mi asquerosa hambre.


Hace 3 calles que salí del circuito y apenas me doy cuenta que regresé a la maldita Ámsterdam. Sigo caminando.
Pinche Ángela, debería aceptarme tal como soy, con todas mis carencias y pedos. Maldita, es la ultima vez que nos vemos, espero que me extrañe.El olor a carne se intensifica a cada paso que doy, cuatro, ocho, huele a bistec, doce, las tortillas, la salsa, muero de hambre, estoy cerca.


Cruzo Insurgentes y creo que la taquería de los vampiros está a la vuelta. Mi único problema es la falta de dinero, celular, tarjeta de crédito o, algo que pudiera empeñar. La señora de los tacos conoce a la pendeja de Ángela, igual se acuerda de mi y me fía unos tacos. Ahí están. Entro. La gente me mira feo e incluso algunos me corren del establecimiento con señas y ruidos. Trato de conversar con ellos, pero nadie me hace caso. Puede ser porque no he tomado un baño desde hace un mes y mi chaleco está roto. Pinches clasistas. No me importa la verdad. La única que me hace caso es una pequeña niña que me ofrece de su taco, pero sus padres la reprimen y regañan.


Los taqueros me miran, todos lucen tan distintos, el miedo me rodea desde la punta de mis uñas hasta mis orejas caídas. Uno de los taqueros sale de la barra y me toma por el cuello. Trato de combatir pero es muy fuerte, me lleva a la parte trasera y de un empujón, me avienta a lo que se siente como una jaula. El cuarto es obscuro, huele a mierda y escucho melancólicas voces entre la penumbra. Tengo miedo, me orino ahí mismo sobre mi vergüenza. Extraño a mi Ángela chula, espero que me perdone, cuando salga de aquí lo primero que haré será besarla. Cabrones, cuando vengan los voy a matar, tengo que salir.


Tengo hambre. Suenan ruidos, entra alguien y prende la luz para revelar la terrible verdad. Varias docenas de jaulas apiñadas entre si con seres iguales a mi, con sus colmillos y colas y patas. Sus ojos atascados de miedo me gritan que han estado demasiado tiempo encerrados en ese lugar. El taquero abre la jaula de enfrente, saca a un individuo café con manchitas blancas, lo lleva al patio trasero y entre horribles minutos se desvanecen sus gritos hasta el silencio.
Cuando vuelva a ver a Ángela, le pediré que me perdone por morder y orinar el sillón. Al fin y al cabo para llegar al departamento solo tengo que llegar a Ámsterdam, de ahí son cuatro calles hasta el dulce olor a jazmín. Cuando salga de aquí, ojalá que coma algo rico, porque tengo hambre.